Se levantó, al abrir los ojos la miró. Prestó especial
atención a cada uno de sus cabellos, como caían sobre su espalda, continuó con esta y recordó los besos en ella de la noche anterior que tanto hacían
erizar su piel. Al cerrar los ojos, pudo ver su cara, sus ojos, su boca, su
gesto de placer y lo hizo sonreír.
Al reabrir los ojos ella no estaba, era otra la espalda que
besaba y eran otras las manos que acariciaba. Le arrebató una lágrima la idea
de una eternidad sin ella pero no podía tener esos abrazos presentes.
Pasaron los días y su ausencia sólo consiguió perderlo más
en otros brazos, dentro suyo sabia que la estaba esperando y que esas aventuras
eran recuerdos que su corazón no iba a guardar.
El tiempo le trajo heridas que el pasado no quiso comprar, por esa razón
se las quedó el presente y no pudo detener la hemorragia de su alma.
El miedo a sufrir se apoderó de él, comenzó a amar a medias.
El terror lo petrificó y los recuerdos de una felicidad absoluta lo traumaron.
Ya no podía abrirse ni decir te quiero, no lograba abrazar con amor y pasión.
Quiso vivir mil historias para ver si alcanzaban a ser una y
no logró hacer especial ninguna.
Pensaba a diario en cada señal del destino, en cada vez que
su mirada le besaba hasta la sombra, en la primera vez que su sonrisa le puso la piel de gallina y supo que nada sería igual a ella. Visualizaba cada situación
que su corazón latió para decirle es ella y cada momento que las mariposas de
su estomago hacían una revolución con sus besos. Cada situación en la cual
sintió el cosquilleo.
Entonces un día abrió los ojos, vio la espalda de su
acompañante, vio su cuerpo a media sombra por la luz que ingresaba tímidamente
por la ventana, vio su pelo caer por sus hombros y los besó sonriendo, el
tiempo ausente no es tiempo cuando el corazón espera. Todo es eterno y todo es
mínimo al regresar el amor. Al abrir los
ojos vio que era ella, esa misma espalda, ese mismo pelo, ese mismo latir.
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