Un haz de luz entraba por la ventana, esa pequeña línea que dejaba escapar la cortina de su ventana lo despertó. Sintió algo extraño al despertar, además del malestar por haberse despertado de esa manera. Pensó en el sueño que había tenido, el latir de su corazón y esos ojos que penetraban su alma, sólo podía ver eso, unos ojos que brillaban.
Sintió que su mano tenía algo aunque no podía determinar que, sentía una presión en el dedo meñique, como si estuviera apretado por algo en su punta.
Se levantó de su cama y preparo el usual café que acostumbraba para empezar el día. Miró por la ventana, nada se encontraba allí más que el sol iluminando el día, dando su calor y regalando un paisaje que hacia disfrutar de vivir.
De camino a su facultad todavía se extraña de su mano, pero puede vivir con ello, lee un libro en el colectivo y piensa en su sueño, nunca va a sentir algo así por alguien real, no tiene la valentía, no entiende como puede adorarse unos ojos así, solamente pueden existir en sueños irreales.
En la rutina del no saber, del no sentir, del aprender a pensar y adormecer el corazón se fue haciendo experto con los años, haciendo una maestría como suelen hacer los grandes desesperanzados de tantos palos en la rueda, creciendo en olvidar las historias que cuentan las novelas, las canciones y las películas.
Fue congelando su corazón de tanto caminar al sur.
Sueña con una sonrisa, esta vez sueña solo con una boca, unos dientes tan blancos como la luna y una risa que provoca el éxtasis de su respiración. La presión en su dedo empieza a desorientarlo, teme tener un problema de circulación y decide hacerse un chequeo médico. Resultados normales, pero ese tirón en el dedo pequeño no lo dejaba tranquilo, como si algo empezara a darle una señal en su cuerpo que no podía descifrar.
Toma el mismo camino que suele hacer para ir a la facultad, mientras se encuentra sentado en el colectivo lee una historia, cuenta que la arteria ulnar une el dedo meñique con el corazón, le llama la atención la coincidencia.
Luego de cursar comienza la vuelta a casa, toma otro camino porque llamó su atención unos árboles que nunca había creído ver, recorre las cuadras con paz, para disfrutar de la vista de ellos, puede ver como estos forman un túnel con sus copas, ve en el final del camino armado una figura a varios metros de dónde se encontraba. Siente que la presión de su dedo comienza a soltarse. Muchas veces los problemas y la rutina repercuten en el cuerpo de forma extraña, el caminar pacifico seguramente lo haya desestresado.
Cada vez la falta de circulación en el dedo es menor, mirando los pájaros cantar en las copas de los árboles le parece que el mundo brilla con la luz del sol pasando a través de las ramas, las hojas en el suelo de color marrón que suele pisar por diversión. Tropieza con un cuerpo. Pide disculpas y al ver, unos ojos lo están mirando tan grandes como el sol, brillando mientras su mirada cae a su sonrisa tan blanca y llena de luminosidad que podrías verla en la noche, entonces sonríe recordando su sueño, sintiendo todo lo que nunca pensó sentir.
Recordó el relato que había leído a la mañana, una historia oriental cree que los humanos estamos atados por un hilo rojo invisible que nos une con la persona a la cual estamos destinados, puede estirarse o contraerse pero no cortarse. Ese día las dos puntas de un mismo hilo se encontraron, ellos no necesitaron seguir atados aunque lo siguieron haciendo, ya no necesito sueños para palpitar y extasiar, sólo necesito una sonrisa y unos ojos tan brillantes como las estrellas, claro está un segundo fue suficiente para llenarse de certezas de todo lo que había dudado.
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