Así encontraron su mundo, encontraron su planeta.
Eran dos, eran uno. No se sabía donde empezaba uno y donde terminaba el otro.
Volvieron en el tiempo, época de antaño, anterior al 1400. Mezclaban la visión de un mundo que era rectangular que al final te comían los dragones, con los desnudos de los pueblos de América.
Se encontraron con el calor del infierno, con la pureza del cielo.
Se encontraron con la divinidad del ángel con lo terrenal del humano.
Él condenaba las cadenas, condenaba el conflicto que provoca el egoísmo y la mentira, condenaba la injusticia de la inquisición herética de la falta de compasión. Él era puro pensamiento.
Ella no era prisionera porque no tenía reglas, no había conflicto porque conocía una sola verdad que era su alma, era solo un incendio inagotable. Ella era puro sentimiento.
Se encontraron el fuego y el hielo, se hicieron uno.
Tanto, tanto se encontraron que los demás mundos no los entendieron y hasta los acusaban de blasfemar contra el amor.
Tanto, tanto se encontraron que sin nombre se conectaron más que cualquier unión.
Tanto que fueron sueño y realidad, fueron estrellas de otros mundos.
Tanto que no existían las palabras, con las miradas alcanzaba.
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