Ellos le ensuciaron el alma, el niño pequeño, rubio, de cara regordeta le sonríe y juega. Se levanta, no para de molestar a sus compañeros, les esconde las cosas, les pega y les grita. El profesor lo mira extrañado de donde saldrá tanto rencor. Al pararse lo abraza, lo aprieta contra su pecho muy fuerte, le dice al pequeño que deje el enojo, que puede contar con él, que juguemos juntos, crezcamos, es de las primeras veces que se para ante un público a intentar dar clases. Travieso Daniel, le devuelve el abrazo y esconde su cara en el pecho del principiante.
Nadie lo entiende, ninguna persona le pregunta el porqué, solo lo juzga por lo que hace.
"Miraste mal a tu compañero, te llevas un parte"; "Te estas riendo, anda afuera". Jamás le preguntarán "¿Qué te pasa Daniel, por qué corres?"
Pasan los años y siempre la misma escena, el mismo puñado de docentes que defienden su camino, ayer el niño, hoy un joven adolescente despechado con la vida, encuentra sus pequeños momentos de alegría en el deporte que no le dio la espalda, cuando el tiempo fuera del rectángulo, sí. Sus lágrimas se escapan por entre las gotas de la ducha, se contiene de no llorar adelante de nadie, él no puede ser herido ni lastimado nunca más.
En un arrebato de sinceridad el niño le cuenta sus preocupaciones más profundas al docente de años, este le pide perdón por todos los grandes que no supieron actuar con él. Daniel le dice que todos los grandes son terribles, que son los que deberían enseñar y lo destruyen.
¿Qué culpa tiene Daniel de que la gente sea tan ignorante de sentimientos y de empatía? Nunca pudieron ponerse en su lugar. El profesor valora su porte, su resistir. "Al próximo que me joda lo pongo", le dice el muchacho, de que manera puede decirle que no el docente, si hasta él mismo le gustaría darle una lección a los que se meten con el querido estudiante.
Se abrazan como aquella primera clase, cinco años después, Daniel le dice: "Cuando te vayas ¿a quién voy a abrazar?". Al adulto se le llenan los ojos de lágrimas, siempre se dijo que no puede romperse adelante de los chicos, pero este mocoso le puede un poco más. Se dejan llorar juntos que así aprendieron, un profesor y el otro estudiante, todavía no sabe quién es quién.
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