Entonces uno conoce curas y monjas, además de los laicos, que luchan por la justicia social, que también son esa Iglesia.
En un hogar de San Fernando descubrí como un grupo pequeño de Hermanas dejan la vida y servicio por amor a las nenas que llegan a este lugar, se transforman en lo que la misma Iglesia no las deja, en madres de chicas que sufren constantemente en esta sociedad. Ante tanto amor y servicio, uno se contagia y comienza a luchar por estas chicas que vuelven a sonreír después de tanto infierno vivido en sus pocos años, mucho más que algunos ya entrados en varias décadas. Son rescatadas de aquel lugar para ser llevadas a otro donde realmente se puede ver amor (palabra reiterada porque es lo que abunda allí).
Entonces llega la otra arista, la que me hacía alejarme de la Iglesia y que sigue alejando a tantos, la que se le fue durmiendo el corazón por estar atrás de un escritorio, aquella que no distingue el dolor, la soledad, que por estar en la burocracia se olvido de caminar en sandalias, la Iglesia que le da de comer a aquellos que la critican. Esa Iglesia que me llena de bronca formar parte, porque no se puede decidir con la cabeza lo que se debe hacer con el espíritu, no se pueden arrancar a las madres, a todas esas madres sustitutas, que le dieron a las chicas lo que era un amor sincero y fraterno, esas Hermanas que fueron movidas a dedo por una curia que no es la que me enorgullece. Las nenas del hogar, ya bastante golpeadas, son heridas una vez más por la incoherencia de una Iglesia que no logra ponerse de acuerdo con el amor fraterno que enseñó Jesús; "Hermana, estoy enojada con la naturaleza", dice una de las niñas que no llega a una decena de años. Muchos intentan mostrar el servicio para acercar a la gente, pero hechos de esta índole no hacen más que demostrar que la Iglesia sigue dormida (por lo menos una parte), ante el clamor del dolor ajeno, ante la opresión recibida, ante la falta de sensibilidad que se gana por estar mirando papeles en vez de sonrisas y llantos. Esa Iglesia no me representa y le dan ganas a uno de cerrar todas las puertas, pero se sigue adelante por esas sonrisas de 5, 6, 7 años y más.
¿Qué se puede hacer ante tanta insensibilidad? Nada más que seguir caminando, por la burocracia que sigue estando en esta institución que no cambia el corazón, que va a seguir perdiendo seguidores. La sensación de cambio por Francisco queda en el mismo subsuelo al ver estas actitudes de quienes manejan las Ordenes locales.
Tres Hermanas, que supieron transformarse en madres, "movidas" de un día para el otro por los dormidos de corazón que están atrás de un escritorio. Logrando alejar nuevamente al pueblo del Dios que mi abuela me mostró.
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