jueves, 4 de septiembre de 2014

La vida

Caminaba por el bosque, entre los surcos que había dejado el tiempo y el paso de las personas. El muchacho con ojos tiernos miraba sus manos tocar el verde pasto del costado y remojarse con el rocío que había dejado la madrugada. Siempre con una sonrisa, pisaba con el corazón y hablaba con el alma, dejando entre ver siempre lo bondadoso de su espíritu.
Llevaba un tiempo en el camino, cuando, observando lo maravilloso del sol entre las copas de los árboles que lo acompañaban en su vida, sintió un gran dolor en sus piernas que subía hasta su cintura, alguien había clavado cuchillos por detrás de sus piernas, en sus gemelos y aductores, no pudo ver quién había sido pero la desolación lo consumió. Siempre le gustaba ir sonriendo y sacando risas a la gente no entendía quien podría cometer aquel hecho. Al sacarse las armas blancas calló en la cuenta que sus pasos comenzaban a ser más pesados, tal vez por haber perdido tanta sangre, pero al mirar percibió como sus extremidades comenzaban a transformarse en piedra aunque podía seguir moviéndolos. El material en el que se había transformado trepaba ahora hasta su cintura justo donde empezaba el tórax, no sentía más peso, era como si ahora la piedra fuera una parte de él.
Se recostó a costado sobre el suave pasto que ahora no podía sentir en las piernas pero sí en los brazos y manos. Agradeció al cielo poder seguir sintiendo aquel verde colarse entre sus dedos.
En medio de la noche sintió un ardor increíble. El olor a la carne de sus manos y brazos quemándose lo aterrorizó hasta el límite, no entendía que estaba pasando, si ese campo tan amable en el cual se había parado siempre, hoy lo estaba atacando.
Cerró los ojos y comenzó a correr con lagrimas en ellos, desconcertado y atemorizado por lo que le estaba sucediendo. Notó como sus brazos y manos estaban transformándose también en el concreto de sus piernas, el peso en sus hombros le hizo creer que estaban por ser arrancados de su cuerpo.
Frenó y al mirarse en el reflejo del agua pudo verse en lo que se había transformado, la piedra trepaba de la punta de sus manos hasta el final de sus hombros y desde su cintura hasta sus pies, estaban ahora cubiertos por un material gris, macizo, con ellos ya no podía tener el tacto que antes tenía.
Empezó a llover y pudo refrescarse en las gotas que mojaban las pocas partes de piel que le quedaban, tuvo miedo de poder sentir, por ultima vez, las gotas cayendo por su mejilla.
Caminó bajo el agua, buscando reparo en algún árbol tupido, de repente ninguno estaba con las hojas verdes, ni amarillas. Estaban todos flacos y con ramas peladas, sin intención de volver a crecer ni un brote, el más crudo invierno había llegado y tuvo frío. No podía cubrirse con sus brazos le eran muy pesados para levantarlos hasta su pecho. Al ver a su al rededor descubrió que ya no había pasto verde sino tierra seca, estéril y sobre aquel territorio caía nieve, tan dura como las piedras de la cual estaba hecho. Sintió pavor ante tal espectáculo, como en cuestión de horas todo estaba cambiando a un oscuro mundo. La nevada comenzó a cubrirlo, ya casi no podía moverse, la nieve se apoderaba y se hacia parte de él. Al terminar la tormenta se había transformado todo su cuerpo, ya no era aquel muchacho tierno que intentaba hacer reír y que caminaba con el sol en la cara, aquel personaje había quedado tocando el verde y oliendo el perfume a tierra mojada que le daba el bosque. Ahora él se había transformado en el Golem, tan insensible como el material del cual estaba hecho, la más dura piedra.
Ya no podía sentir, el tacto ni los sentimientos que antes lo desbordaban, ahora se dedicaba a ahuyentar a cualquiera que quiera pasar por ese bosque y quien quiera acercarse a él. No era el responsable de su transformación pero era quien elegía no ser más lastimado por nada.
Así la vida obligó al muchacho a sobrevivir, sin sufrir y sin ser feliz, simplemente viviendo.  
     

No hay comentarios:

Publicar un comentario