Se encontraron por casualidad María y Sebastián no se sabían compartidos del mismo mundo y tiempo.
Ella caminaba con soltura, decidida a cambiar de vida luego de tantos errores cometidos, un historial de hombres y acontecimientos desafortunados contenía en su haber. Poco le importó a Sebastián al verla y lo que luego le dirán.
María no solía hacer lo que hacía, cambiaba de planeta de vez en cuando para ver si encontraba así un rumbo fijo y un lugar donde quedarse. María no tenia edad, ya que estaba fuera de los limites del tiempo. Ella contenía una frescura y madurez contradictorios para cualquier mortal, copaba cualquier lugar y se multiplicaba en cualquier rincón.
Sebastián la descubriría como una caja de sorpresas y de reacciones, de milagros y pecados, de torpezas y elocuencias. Él la leía como un libro, no sabía si era un don o una maldición pero lo hacía, entonces caía y subía como un ave que está aprendiendo a volar.
Se encontraron, uno no sabe si por casualidad o es este Dios que los invita a jugar un rato, ninguno de los dos quería pero no les quedó alternativa.
Jugaron más allá del tiempo y el espacio, jugaron a encontrarse y desencontrarse, jugaron en secreto para que nadie descubra el suplicio que genera la clandestinidad, ocultarse de la mirada acusadora de los demás. Jugaron con el miedo y la soledad, jugaron con el sufrimiento y la felicidad.
Sebastián planeaba enamorarla, no entendió que a los ángeles no se los enamora, se los invita a quedarse un rato.
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