En el colegio era un niño bueno, no le tomaba el pelo a nadie allí, pero esta actitud no era compartida de la misma forma con mis compañeros ya que las burlas hacia mi persona estaban a la orden del día.
Solamente tenía un amigo de verdad, Carlos, el cual era un rehén en los chistes de mal gusto que me hacían mis compañeros ya que siempre pensé que era por mí que lo tomaban de punto a él también.
Con el correr de los años fui aprendiendo a formar una especie de escudo, pero no en mi cuerpo sino en mi corazón, nada de lo que me decían me molestaba solamente me limitaba a mirarlos y sonreír. Mi mamá siempre decía que si les demostraba que no me importaba me iban a dejar tranquilo. Así mi escolaridad fue una pesadilla a la cual nunca respondí con golpes, ni insultos. No se puede llamar a una persona violenta, si tal, no contesta semejantes agresiones durante años.
Al terminar el colegio pude hacer una vida nueva en la facultad, lugar donde nadie me conocía y podía empezar nuevamente con la vida social tan alejada de mi realidad.
Al terminar el colegio pude hacer una vida nueva en la facultad, lugar donde nadie me conocía y podía empezar nuevamente con la vida social tan alejada de mi realidad.
Pero no, nunca fui violento y no lo soy, la violencia es estar fuera de mi estado natural, yo siempre fui muy tranquilo, sistemático, estructurado. Violento es actuar con brusquedad, yo actúo con paz, con movimientos armoniosos se podría decir, pero violento no.
¿Agresivo? Tampoco. No se podría decir que soy de esta forma porque no le falto el respeto a nadie y no ataco a nadie.
No soy capaz de matar ni a una mosca, soy demasiado pacifico.
Con el correr del tiempo me fui adaptando al calor humano, a recibir un abrazo, un saludo amistoso, un consejo y escuchar problemas. Me fui sintiendo persona, algo que nunca pude sentir, sentirme alguien para otro, un amigo, un compañero, un novio, pude amar a alguien y así descubrí que este mundo no es tan terrible, solo había tenido malas experiencias de relaciones sociales.
Así fue como un día me recibí y encontré el amor, tuve hijos y un techo para darles. Mi vida se podría decir era soñada, un buen trabajo, no con un salario exuberante pero sí lo suficiente para que mis hijos tengan todo lo necesario y más.
Un día comiendo en un restaurante por cuestiones laborales tuve el agrado de volverme a encontrar con aquellos matones de la infancia teniendo la oportunidad de volver a empezar, de volver a relacionarme con ellos siendo otra persona. Claro, ellos no me reconocían o pretendían no hacerlo porque para ellos siempre fui espárrago por mi contextura física y en clase yo no existía, no era nadie. Así que cuando dije que mi nombre era "Daniel" no sabían de quien se trataba y eso generó en mí algo nuevo, algo que no conocía aún pero iba a conocer.
Me esforcé por ser amigable, por ser gracioso, por ser como ellos, por ganarme su confianza.
Los deleité con historias y chistes, hasta me animé a contar algunas maldades que me hicieron en el colegio como si las hubiese hecho yo. Sí sí, lo hice así, las conté como propias. reían y se jactaban de otras cosas que ellos mismos me habían hecho, sin saber que se las estaban contando al receptor de sus burlas. Gracias a Dios nunca fui una persona temperamental, ni que se enoje por todo, supe siempre como llevar este sentimiento a lo mas íntimo de mi alma.
Para poder terminar con lo que sentía decidí invitarlos a cenar a mi casa. Un día que ni mi esposa ni mis hijos iban a estar para poder charlar con naturalidad y contarles mi infancia infernal, para decirles que no había rencor pero que se habían portado mal, que podría haber sido su amigo toda la vida, podría haber sido un compañero útil y servicial... podría haber sido uno de ellos, que tal vez podría serlo ahora.
Por suerte nunca fui rencoroso y así aceptaron mi invitación a cenar.
Llegaron a mi humilde hogar, llegaron con sus trajes lujosos, en sus autos "0 Km.", llegaron con sus sonrisas anchas como sus billeteras, llegaron y los recibí con mi sonrisa característica Por suerte no soy una persona violenta y rencorosa sino nunca los podría haber invitado.
Los invité a dejar sus abrigos en el perchero y les muestré mi casa, un recorrido por el lugar que me esforcé por tener. Les dije que la cena estaba casi lista, faltaban unos minutos.
No podía creer lo que los extrañaba, extrañaba verlos. Deseaba este momento de reencuentro, de conversación sincera.
Una conversación suave, tranquila, armoniosa.
Nos pusimos a hablar de sus cuentas, de como estafaban a algunas personas mayores con temas económicos y sus sonrisas tan deslumbrantes, tan pedantes. Les serví la cena tan esperada, de entrada una sopa para empezar a deleitarse.
Tomé valor y me animé a confesar la verdad a mis verdugos de la infancia, por suerte no soy un chico agresivo.
Comience a hablarles: "En realidad los invité a mi hogar para contarles la verdad, sé que no me han reconocido pero tenía ganas de mostrarles como dejé de ser un perdedor, como pude reponerme a tanta violencia, a tanto mal trato. Quería mostrarles que pude ser feliz a pesar de esos recuerdos, pesadillas, traumas. Quería mostrarles que si me daban la oportunidad podía ser uno de los suyos, un amigo para siempre". Mientras decía esto escuchaban atentos mientras seguían tomando mi deliciosa sopa. De a poco dejaban la cuchara y se tomaban la cabeza o el estómago obviamente. Mientras continuaba: "Yo soy Daniel Gonzalez, espárrago como solían llamarme, sé que debe ser extraño para ustedes pero es así, sé que se deben estar sintiendo mal ahora, sé que deben pensar que soy rencoroso, pero no lo soy en realidad, siempre tomé su violencia y agresividad hacía mí como un acto de cobardía lo que en realidad son, una basura, unos arrogantes y cretinos. Solo quería que descubrieran que yo también podía ser malo y mucho más que ustedes. No tengan miedo, siempre estuvieron juntos, con sus bromas graciosas y ocurrentes. Juntos, siempre juntos, ahora también van a pasar por esto de la misma forma.".
Platos rotos en el suelo, el mantel desordenado, mis compañeros en el piso, la cena había resultado como estaba planeado.
Por suerte nunca fui violento, ni agresivo, pero por sobre todas las cosas, nunca fui rencoroso. Pero tal vez por maldición o bendición, siempre tuve buena memoria.
Me olvidé de decirles que la sopa era de espárragos...
¿Agresivo? Tampoco. No se podría decir que soy de esta forma porque no le falto el respeto a nadie y no ataco a nadie.
No soy capaz de matar ni a una mosca, soy demasiado pacifico.
Con el correr del tiempo me fui adaptando al calor humano, a recibir un abrazo, un saludo amistoso, un consejo y escuchar problemas. Me fui sintiendo persona, algo que nunca pude sentir, sentirme alguien para otro, un amigo, un compañero, un novio, pude amar a alguien y así descubrí que este mundo no es tan terrible, solo había tenido malas experiencias de relaciones sociales.
Así fue como un día me recibí y encontré el amor, tuve hijos y un techo para darles. Mi vida se podría decir era soñada, un buen trabajo, no con un salario exuberante pero sí lo suficiente para que mis hijos tengan todo lo necesario y más.
Un día comiendo en un restaurante por cuestiones laborales tuve el agrado de volverme a encontrar con aquellos matones de la infancia teniendo la oportunidad de volver a empezar, de volver a relacionarme con ellos siendo otra persona. Claro, ellos no me reconocían o pretendían no hacerlo porque para ellos siempre fui espárrago por mi contextura física y en clase yo no existía, no era nadie. Así que cuando dije que mi nombre era "Daniel" no sabían de quien se trataba y eso generó en mí algo nuevo, algo que no conocía aún pero iba a conocer.
Me esforcé por ser amigable, por ser gracioso, por ser como ellos, por ganarme su confianza.
Los deleité con historias y chistes, hasta me animé a contar algunas maldades que me hicieron en el colegio como si las hubiese hecho yo. Sí sí, lo hice así, las conté como propias. reían y se jactaban de otras cosas que ellos mismos me habían hecho, sin saber que se las estaban contando al receptor de sus burlas. Gracias a Dios nunca fui una persona temperamental, ni que se enoje por todo, supe siempre como llevar este sentimiento a lo mas íntimo de mi alma.
Para poder terminar con lo que sentía decidí invitarlos a cenar a mi casa. Un día que ni mi esposa ni mis hijos iban a estar para poder charlar con naturalidad y contarles mi infancia infernal, para decirles que no había rencor pero que se habían portado mal, que podría haber sido su amigo toda la vida, podría haber sido un compañero útil y servicial... podría haber sido uno de ellos, que tal vez podría serlo ahora.
Por suerte nunca fui rencoroso y así aceptaron mi invitación a cenar.
Llegaron a mi humilde hogar, llegaron con sus trajes lujosos, en sus autos "0 Km.", llegaron con sus sonrisas anchas como sus billeteras, llegaron y los recibí con mi sonrisa característica Por suerte no soy una persona violenta y rencorosa sino nunca los podría haber invitado.
Los invité a dejar sus abrigos en el perchero y les muestré mi casa, un recorrido por el lugar que me esforcé por tener. Les dije que la cena estaba casi lista, faltaban unos minutos.
No podía creer lo que los extrañaba, extrañaba verlos. Deseaba este momento de reencuentro, de conversación sincera.
Una conversación suave, tranquila, armoniosa.
Nos pusimos a hablar de sus cuentas, de como estafaban a algunas personas mayores con temas económicos y sus sonrisas tan deslumbrantes, tan pedantes. Les serví la cena tan esperada, de entrada una sopa para empezar a deleitarse.
Tomé valor y me animé a confesar la verdad a mis verdugos de la infancia, por suerte no soy un chico agresivo.
Comience a hablarles: "En realidad los invité a mi hogar para contarles la verdad, sé que no me han reconocido pero tenía ganas de mostrarles como dejé de ser un perdedor, como pude reponerme a tanta violencia, a tanto mal trato. Quería mostrarles que pude ser feliz a pesar de esos recuerdos, pesadillas, traumas. Quería mostrarles que si me daban la oportunidad podía ser uno de los suyos, un amigo para siempre". Mientras decía esto escuchaban atentos mientras seguían tomando mi deliciosa sopa. De a poco dejaban la cuchara y se tomaban la cabeza o el estómago obviamente. Mientras continuaba: "Yo soy Daniel Gonzalez, espárrago como solían llamarme, sé que debe ser extraño para ustedes pero es así, sé que se deben estar sintiendo mal ahora, sé que deben pensar que soy rencoroso, pero no lo soy en realidad, siempre tomé su violencia y agresividad hacía mí como un acto de cobardía lo que en realidad son, una basura, unos arrogantes y cretinos. Solo quería que descubrieran que yo también podía ser malo y mucho más que ustedes. No tengan miedo, siempre estuvieron juntos, con sus bromas graciosas y ocurrentes. Juntos, siempre juntos, ahora también van a pasar por esto de la misma forma.".
Platos rotos en el suelo, el mantel desordenado, mis compañeros en el piso, la cena había resultado como estaba planeado.
Por suerte nunca fui violento, ni agresivo, pero por sobre todas las cosas, nunca fui rencoroso. Pero tal vez por maldición o bendición, siempre tuve buena memoria.
Me olvidé de decirles que la sopa era de espárragos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario