Ella, divina poderosa, envía una nube sobre aquel muchacho. Por momentos hace brillar un sol que calienta cualquier frialdad, otros solo descarga una lluvia casi imperceptible pero que con el correr del tiempo moja y enfría el corazón del chico.
No daba cuenta que era peor, si soportar la tormenta o aquella lluvia indiferente. Su corazón seguía ardiendo como el primer día pero no sabía como expresarlo porque la diosa por momentos le devolvía aquel calor, y eso, le alcanzaba para arder por días aún con aquella lluvia fría e indiferente.
El muchacho que había prometido quedarse en el camino soportando cualquier tormenta, que esperaba que al terminar el temporal, la diosa viera que seguía ahí y pudiesen volver a enamorarse, hoy sentía como ella iba apagando su fuego a pesar de la negación de él a extinguirse.
Ya no lo veía, no lo escuchaba, no lo sentía, no le daba valor a sus rezos, el muchacho solo tenía dos opciones, retirarse del camino o quedarse en su lugar esperando que aquella divinidad elija, sienta, piense que existen para estar juntos, él creyendo en ella.
Él espera cada fecha que puede para demostrar la intensidad de su fuego, pero cómo no apagarse en la frialdad de la indiferencia, donde cada ausencia es una eternidad, el tiempo desmedido por la subjetividad de cada cuerpo. Las Diosas no tienen tiempo, los mortales sí.
Será una prueba más que deberá pasar el chico, como ese Hércules que tuvo que demostrar su lugar en el Olimpo, deberá evidenciar el muchacho que merece un lugar al lado de su amada o se rendirá a la vasta calamidad de los mortales, de la normalidad, de no volver a amar como lo hizo, de caer a los escombros de él mismo. Eso sí, sabe que de no apagarse será esa llama olímpica inextinguible digna de ser correspondida por la Divinidad.
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